Carlos Pallas Rodríguez | Arquitecto

Experiencia, Responsabilidad, Profesionalidad & Colaboración

Los trasteros en alquiler como alternativa para locales sin salida comercial!

Hay algo que se repite cada vez más en muchas calles: locales cerrados, persianas bajadas y carteles que llevan años sin cambiar. No es un problema puntual, sino un cambio de fondo. Muchos espacios que nacieron para el comercio ya no tienen encaje en la realidad actual.

El motivo es claro. Compramos de otra manera, nos movemos de otra manera y usamos la ciudad de otra manera. El resultado es un exceso de locales que ya no encuentran actividad.

Ante esto, la primera idea suele ser transformarlos en vivienda. Pero aquí aparece el primer choque con la realidad: no todos los locales pueden ser viviendas. Falta de luz natural, ventilación insuficiente, alturas justas o cumplimientos de la norma de habitabilidad imposibles hacen que, en muchos casos, insistir en esa vía sea perder tiempo y dinero.

Y es justo en ese punto donde empieza a tener sentido mirar el problema desde otro ángulo.

No todos los espacios están hechos para habitarse… pero sí para usarse

Un local que no sirve para vivir tampoco tiene por qué quedarse vacío. De hecho, muchos de esos espacios tienen algo que sí es valioso: ubicación, acceso directo desde la calle y una superficie que, aunque irregular, se puede aprovechar.

Aquí es donde entran los trasteros en alquiler. No como una solución improvisada, sino como una forma distinta de entender el uso del espacio.

La idea es sencilla: en lugar de buscar un único uso “perfecto”, se divide el local en múltiples pequeños espacios que responden a una necesidad muy concreta: guardar cosas. Puede parecer algo menor, pero no lo es. De hecho, responde bastante mejor a cómo vivimos hoy.

Las viviendas actuales están cada vez más ajustadas. Se optimizan metros, se eliminan espacios “inútiles” y, en muchos casos, desaparecen los trasteros asociados.

A eso se suma otro cambio importante: el espacio en casa ya no solo es para vivir, también es para trabajar. El teletrabajo ha ocupado habitaciones, rincones y armarios que antes se destinaban a almacenamiento.

El resultado es bastante evidente: las casas funcionan bien… hasta que no hay dónde meter nada más. Ahí aparece una necesidad muy clara: disponer de un espacio cercano donde guardar lo que no se usa todos los días, pero que tampoco se quiere tirar.

Y esa necesidad no es puntual. Es constante.

Quién utiliza estos espacios (y por qué no es un perfil único)

Uno de los puntos fuertes de los trasteros es que no dependen de un único tipo de cliente.

Por un lado están los particulares. Familias que necesitan liberar espacio, personas en mudanza, estudiantes o trabajadores temporales. También quien guarda bicicletas, esquís o ropa de otra temporada.

Pero hay otro perfil igual de importante: los profesionales. Un autónomo que necesita guardar herramientas. Un pequeño negocio que requiere espacio para stock. Un instalador que quiere tener material cerca de su zona de trabajo sin pagar un local completo. Incluso hay empresas que los utilizan como puntos intermedios para su actividad diaria.

Lo interesante aquí es que la demanda no depende de una sola situación, sino de muchas pequeñas necesidades distintas. Y eso, desde el punto de vista de viabilidad, es una ventaja.

La clave no es dividir… es saber cómo hacerlo. Convertir un local en trasteros puede parecer sencillo: levantar tabiques y alquilar espacios. Pero cuando se hace así, es cuando el proyecto falla. La diferencia entre que funcione o no está en el planteamiento.

El acceso, por ejemplo, es fundamental. Un local fácil de localizar, con entrada cómoda y sin obstáculos tiene mucho más valor.

Los recorridos interiores también importan. Pasillos estrechos o mal resueltos hacen incómodo el uso. Y si algo es incómodo, se acaba dejando de usar.

La ventilación es otro punto crítico. Un espacio cerrado, sin renovación de aire, genera humedad y deteriora lo almacenado. En poco tiempo, pierde todo su atractivo.

Y luego está la seguridad. No solo la real, sino la que percibe el usuario. Un espacio limpio, bien iluminado y ordenado transmite confianza. Uno oscuro o descuidado genera el efecto contrario.

En el fondo, no se trata de “llenar de trasteros” un local, sino de diseñar un producto que la gente quiera usar.

Una inversión contenida… con condiciones

Una de las razones por las que esta opción resulta atractiva es que la inversión suele ser más baja que en otras transformaciones, especialmente si se compara con una vivienda.

Aun así, no es una actuación sin coste ni sin criterio.

Hay que acondicionar el local, resolver posibles problemas (como humedades), ejecutar la compartimentación y dotarlo de instalaciones básicas: electricidad, iluminación y, en muchos casos, ventilación.

A esto se suma un aspecto que muchas veces se subestima: la protección contra incendios. No es un añadido opcional, sino un condicionante que puede influir directamente en cómo se distribuye el espacio y en cuántos trasteros se pueden hacer.

Por tanto, aunque la inversión sea moderada, no se puede plantear sin un análisis previo. Pero no todos los locales sirven para este uso, o al menos no sin ajustes.

Las humedades son un problema frecuente en locales cerrados durante años. Si no se resuelven, afectan directamente al funcionamiento. La altura libre también puede limitar el proyecto. Un espacio demasiado bajo resulta incómodo y poco atractivo. Los accesos, como ya se ha comentado, son determinantes. Un mal acceso puede hacer inviable lo que, sobre el papel, parecía una buena idea.

Y luego está la normativa. Aunque no se trate de una vivienda, sigue siendo necesario cumplir una serie de condiciones. El uso suele encuadrarse como almacenamiento y debe ajustarse al planeamiento municipal y a la normativa técnica aplicable.

Normativa: menos exigente que una vivienda, pero no inexistente

Un error habitual es pensar que, al no ser vivienda, casi no hay normativa. No es así. Existen exigencias relacionadas con la seguridad en caso de incendio, las condiciones de ventilación, la instalación eléctrica o, en algunos casos, la accesibilidad.

Estas condiciones forman parte del marco general de la edificación y deben justificarse mediante una documentación técnica.

La diferencia es que, en comparación con una vivienda, el nivel de exigencia suele ser menor. Pero eso no significa que se pueda improvisar.

Los trasteros en alquiler no son una solución mágica, pero sí una respuesta bastante coherente a una situación muy concreta: locales que ya no tienen salida comercial y que tampoco pueden convertirse en vivienda.

Funcionan porque responden a una necesidad real, porque permiten ajustar la inversión y porque encajan bien con cómo se utiliza hoy el espacio en la ciudad.

Eso sí, para que funcionen de verdad, hay que plantearlos bien desde el principio. Entender el local, diseñar con criterio y cumplir la normativa.

En el siguiente artículo se abordará uno de los puntos que más condiciona este tipo de proyectos: la protección contra incendios. No solo como una obligación, sino como el elemento que, en muchos casos, define cuántos trasteros caben, cómo se organizan y si el proyecto es viable o no.

Espero que esta información te haya sido útil, y te animo a seguir atento, ya que cada tanto publicaré un nuevo artículo con temas relacionados que podrían ser de tu interés. Si tienes alguna duda puedes dejarme un comentario.

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